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El camino a las adicciones

Yo también fui fumador... Empecé como empiezan todos. En la turbulencia de la adolescencia, otorgaba seguridad y estatus, amén del desafío y la rebeldía ante los mandatos parentales.

Fumar era de "grandes", y uno quería ser "grande". Primero lo practicaba en secreto con los más amigos, que nos uníamos en complicidad para después animarnos a caminar por la calle con un cigarrillo encendido. Los que no se atrevían nos admiraban. Sólo unos pocos pertenecíamos al grupo selecto de los fumadores. Marcábamos la diferencia.

Pasaron muchos años, y aquello que parecía una fanfarronada juvenil terminó derivando en una adicción. La nicotina había invadido el cuerpo con todo su poder adictivo, convirtiendo al cigarrillo en un "amigo tóxico" casi imposible de abandonar. Sumándole todo tipo de hábitos y situaciones sociales en las que consumir tabaco era casi obligación. El acto de fumar aparecía como legítimo, debido a que "otros" también lo hacían.

Todo tipo de mitos circulaba, y la tarea del fumador consistía en hacerlos realidad. "Nada como un cigarrillo después de comer", "fuma que te calma los nervios", "el cigarrillo después de hacer el amor", "fumate uno, así te despabilas", "un cigarrillo te acompaña", la lista era extensa como cuantiosos eran los pretextos para no renunciar al "pucho".

Es que uno se enamora, como se enamora de la persona errada, del tabaco y le adjudica cualidades que, en realidad, no tiene. Entonces, se vuelve una necesidad, al punto de no poder concebir la vida sin un cigarrillo. Es que posee "la magia" de poder atribuirle propiedades diferentes, según cada circunstancia lo requiera.

Fumar, históricamente, se asocia al placer. Los medios de comunicación y las publicidades lo relacionan con el éxito, la aventura, la valentía y nos presentan al cigarrillo como un símbolo de consolidación de la personalidad.

Sin embargo, básicamente, los problemas familiares, como la mala comunicación entre sus miembros o los límites difusos o demasiado rígidos, tanto como los conflictos individuales: baja autoestima, poca tolerancia a la frustración o resentimientos, entre otros, tienden a generar el hábito de fumar.

Un día, decidí que iba a dejar de fumar. Me fui preparando física y psicológicamente. Me iba a separar de él y lo iba a hacer para siempre. Un gran amigo me brindó un tratamiento efectivo. Mi disponibilidad y decisión hicieron el resto. Llegó el día, y ya van varios meses desde que le dije adiós como se le dice adiós a un mal amor. Faltan superar algunas etapas, pero ya recorrí el tramo principal del camino.

Hoy me siento con la autoridad de poder hablar de esta adicción que convierte a la vida en humo. Tan sólo hablar y comentar mi experiencia, con la intención de ayudar a otros como me ayudaron a mí.

El cigarrillo, a diferencia de otras drogas, no modifica una situación, pero sí elimina nuestra capacidad de goce fuera de su entorno. Se cree que calma la ansiedad. Los estudios realizados demuestran que produce más ansiedad; de ahí que los períodos, entre cigarrillos, se acortan cada vez más. Fumar produce ansiedad, cuando se deja de hacerlo. Esta ansiedad "se calma" con el encendido de otro cigarrillo. El círculo vicioso es perfecto.

Si bien reconocerse adicto no es fácil, constituye una de las condiciones para dejar de fumar, así como tener el convencimiento de que es posible y relativamente sencillo.

Si no se puede lograr solo, es bueno buscar asesoramiento. Son muchos los que ofrecen tratamientos para desterrar este vicio. Nunca reemplazar este hábito por otro negativo, que, en el futuro, pueda resultar más perjudicial.

Desde hace un tiempo, venimos planteándonos, con un colega, que una buena herramienta para erradicar esta adicción es orientar, a las personas, hacia una búsqueda interna: qué afectos depositan en el cigarrillo y cuáles son los hábitos positivos que las conducirán a su abandono definitivo. Estamos diseñando un programa que pronto pondremos al alcance de todos.

Cada persona es única, por lo tanto, cada fumador tendrá su propio método para dejar de fumar. Poder se puede. Lo fundamental es la decisión y la fuerza que se pone para lograrlo.

Por JOAQUÍN ROCHA
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
www.sanpablo.com.ar

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